
05/09
La administración Macri se encontró con un colectivo inesperado a la hora de hacer política: los estudiantes, que decidieron continuar con las protestas callejeras antes de volver a verse con el titular del área porteña, Esteban Bullrich, pese a los pedidos del ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni.
Mauricio Macri, jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires ha demostrado una impericia en el arte de gobernar digna de otras causas. Ahora son los estudiantes secundarios los que interpelan a su gobierno, por la falta de presupuesto en todos los frentes, que incluye las falencias en cuestiones edilicias.
Las últimas semanas del hijo de Franco no han sido precisamente tranquilas. A sus problemas con la justicia, la creación de una comisión investigadora por irregularidades en cuestiones de seguridad, el abandono de los edificios citadinos (que dejó tres muertos en un incidente en Villa Urquiza), y con el sistema de salud colapsado en manos de un ministro cuestionado, se le suma el problema educativo -y las sospechas de pedidos de identificación de los "revoltosos". En un comunicado que se hizo público el sábado pasado, una coordinadora estudiantil preciso que "hasta el momento el Gobierno de Macri no nos ha dado ninguna respuesta a nuestros reclamos de conjunto. Por eso decidimos que si el lunes no tenemos respuestas concretas a nuestros reclamos por parte del Ministro Bullrich vuelve la toma generalizada de colegios secundarios". Bullrich está en problemas. Llegó a Educación después del retiro de Abel Posse para poner orden, ignorando que el orden también puede ponerse si uno está en su lugar, conociendo cuál es el último libro que escribió Hegel, título que el ministro ignora, pero al que no le tiembla el pulso cuando de censurar contenidos se trata. Está en problemas porque su política permitió la consistencia de un adversario inesperado: la juventud, que muchos creen es PRO, y que el año próximo vota por primera vez. En tiempos del mayo francés, se hubiera dicho que estos estudiantes lo que quieren es volver al orden cuando la tarea del revolucionario es destruirlo. Pero son otros tiempos. Antes se decía que había que desconfiar de todo aquel que tuviera más de treinta años. Ahora, acaso, según ese motivo, habría que desconfiar de todo aquel que tiene menos de treinta años. Sin embargo, el nudo de la cuestión está en otro lado: el ministro de Educación de la Nación, que dijo entender "las razones" de los estudiantes, les pidió volver a la normalidad y "ratificar el valor de los ciento ochenta días de clase". Pero los estudiantes insisten. Está muy bien, pero ¿en qué condiciones?
Comentarios (0)
La finalidad de este servicio es sumar valor a las notas y establecer un contacto más fluido con nuestros lectores. Los comentarios deben acotarse al tema de discusión. Se apreciará la brevedad y claridad de los textos, y el buen uso del lenguaje: las malas palabras y los insultos no serán publicados.
|
||